El Sistema Nervioso Autónomo (SNA) está formado por la rama simpática y la parasimpática. Hasta aquí tal como nos lo enseñaron y se ha entendido durante mucho tiempo, junto a la idea de que cuando el sistema nervioso simpático se activa o aumenta el parasimpático disminuye y a la inversa, funcionando de forma antagónica.

La teoría polivagal (desarrollada por Stephen Porges) entiende que la rama parasimpática, provee otro tipo de funciones además del descanso y la digestión a las que tradicionalmente ha sido asociada. Reconoce y distingue dentro de ésta dos vías diferentes: la vía vagal ventral y la vía vagal dorsal.

Las vías vagales dorsal y ventral son parte del mismo nervio craneal, el nervio vago, que brota desde el tronco encefálico y viaja (‘vaga’) hacia diferentes partes del cuerpo encargadas de regular diversas funciones.

La vía vagal ventral es la división del nervio vago que conecta con órganos y músculos situados por encima del diafragma controlando funciones como la respiración y el ritmo cardiaco, así como funciones relacionadas con la conexión social (músculos craneales y faciales: cara, faringe y laringe, oído medio, etc.) que permiten el reconocimiento de indicios de seguridad o amenaza a través de la expresión de la cara y la voz. La vía vagal dorsal por su parte conecta con órganos subdiafragmáticos, regulando la digestión.

Estas vías vagales del sistema parasimpático constituyen dos extremos en las respuestas adaptativas que contribuyen a la supervivencia: la dorsal, la más antigua evolutivamente y que compartimos con los reptiles, lo hace provocando desconexión y la ventral, la más reciente que sólo se desarrolló en los mamíferos, creando conexión.

Cada una de las tres vías del sistema autónomo (la ventral, la simpática y la dorsal) tiene un patrón característico de respuesta o comportamiento adaptativo que influye en los estados fisiológicos.

La vía VENTRAL del sistema parasimpático nos predispone a sensaciones de seguridad y conexión, contribuyendo a la salud, el crecimiento, y la recuperación. Un entorno seguro facilita la capacidad de detectar indicios de peligro. Procesamos al instante las expresiones faciales, gestos y prosodia vocal.

El sistema SIMPÁTICO corresponde a un sistema de movilización, que nos predispone a protegernos a través de la acción. Se activa cuando algo desencadena una neurocepción de peligro y se caracteriza por una respuesta de lucha o huida.

La vía DORSAL del sistema parasimpático es un sistema de inmovilización. Su forma de protegernos deriva hacia la inhibición del comportamiento motor, el colapso, la desconexión y disociación.

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La teoría polivagal sugiere que estos componentes del SNA están organizados jerárquicamente para responder secuencialmente a los desafíos, siguiendo un orden específico en el que los circuitos filogenéticamente más nuevos son los primeros en responder. El proceso por el que el sistema nervioso evalúa el riesgo/ peligro, así como indicios de seguridad, se denomina neurocepción porque a diferencia de la percepción no involucra procesos cognitivos o conscientes.

Si empezamos en lo más alto de la jerarquía en el estado ventral (seguridad y conexión) ante una señal de peligro pasamos al estado simpático. Una vez en el estado de movilización, si sigue funcionando demasiado tiempo provocando el agotamiento del sistema simpático o la neurocepción de peligro es demasiado grande, pasamos al nivel más bajo correspondiente al estado dorsal. Se vuelve al estado ventral en el sentido inverso, aunque éste proceso suele ser más lento y arduo.

Deb Dana, en su libro ‘La teoría polivagal en terapia’ (Editorial Eleftheria) ilustra éste orden de la siguiente manera: ‘Cuando estamos firmemente arraigados en nuestra vía vagal ventral, nos sentimos seguros y conectados, tranquilos y sociables. Una sensación (neurocepción) de peligro puede provocar que salgamos de este estado y retrocedamos en la línea temporal evolutiva hacia la rama simpática. Aquí estamos movilizados para responder y actuar. Pasar a la acción puede ayudarnos a regresar al estado seguro y sociable. Pero cuando sentimos que estamos atrapados y que no podemos escapar del peligro, la vía vagal dorsal nos empuja de vuelta a nuestros comienzos evolutivos. En este estado estamos inmovilizados. Nos apagamos para sobrevivir…’

Es importante remarcar que cada una de las respuestas de estas vías del sistema nervioso están a disposición de la supervivencia y cada una de ellas es necesaria. Sin embargo, la respuesta adaptativa deja de serlo cuando un comportamiento que surge en un momento dado para protegernos de una amenaza se incorpora de forma crónica en la ausencia de ésta.

Mientras que en el estado ventral nos sentimos seguros/as, en el estado simpático y dorsal la sensación de seguridad desaparece. Somos capaces de experimentar una mezcla de estado ventral y simpático o de ventral y dorsal, pero esto sólo puede darse en situaciones seguras. La vía vagal ventral es la que coordina y regula las funciones de los componentes más primitivos, por lo tanto, si disminuye o desaparece el sistema nervioso autónomo potencia las reacciones defensivas.

Por ejemplo, al integrar la movilización (sistema simpático) con el sistema de conexión social (ventral), el mismo sistema que interviene en la lucha/ huida interviene en el comportamiento pro social conocido como ‘juego’.

En el juego, al movilizarnos establecemos contacto visual y conectamos con el otro. Suavizamos los indicios de amenaza con indicios sociales para que el sistema nervioso simpático pueda favorecer el movimiento sin adoptar comportamientos defensivos de lucha/huida. Si la activación simpática se adueñara del sistema nervioso el juego se volvería más agresivo y acabaría probablemente en pelea.

Cuando implicamos al sistema de conexión social (correspondiente al sistema vagal ventral), podemos también usar el sistema más ancestral (dorsal) de inmovilización y sentirnos en seguridad. En este caso la influencia del sistema ventral sobre el dorsal permite una experiencia de inmovilización segura inhibiendo su movimiento hacia la disociación protectora. Momentos de conexión íntima como estar en brazos de alguien en quien confiamos o el acto de amamantar, la capacidad de autorreflexión son ejemplos de la colaboración entre estos dos sistemas.

La teoría polivagal no tendría sentido si no estuviera ligada íntimamente a nuestra experiencia. Comprender el funcionamiento del sistema nervioso autónomo desde la perspectiva polivagal adquiere relevancia al extrapolar esta teoría al cotidiano, observando cómo dicho funcionamiento se sitúa en la base de las experiencias de todas las personas. Si bien cada SNA tiende hacia respuestas y hábitos de conexión y protección de diferente manera ante mismas situaciones, su fisiología es la misma. Su cometido es, gestionando el riesgo y buscando seguridad, garantizar la supervivencia en momentos de peligro y nuestro crecimiento en momentos de seguridad.

Bajo esta comprensión, acciones que nos parecen o nos parecieron en su momento incongruentes pueden ser entendidas como respuestas de supervivencia adaptativa que el sistema nervioso autónomo inicia. Esto ocurre automáticamente antes incluso de que el cerebro entienda la situación o incidente. La interpretación, la narrativa mental y la creencia aparecen después, al atribuir significado. Los pensamientos suceden al estado fisiológico; la neurocepción precede a la percepción,

El hecho de no poder controlar las respuestas inmediatas de nuestro sistema nervioso autónomo no nos exime de nuestra responsabilidad y acción consciente como seres sociales, culturales e históricos. La teoría polivagal logra sin embargo dilucidar el impacto de nuestra biología y fisiología en nuestros estados, acciones y comportamientos, facilitando la comprensión de que los procesos subyacentes a éstos no son meramente cognitivos. Incluye un mapa sensorio-motor para la comprensión de estos procesos en el que participan nuestras vísceras, gestos, voz, oído, mirada, el tacto, el entorno, la interacción con otros sistemas nerviosos…

Puede que la perspectiva polivagal nos abra a una comprensión que nos permita desprendernos de parte de los juicios, culpa o vergüenza que atribuimos a ciertas experiencias. Quizás nos ayude a comprender momentos y situaciones en las que hemos vivido o en las que nos manejamos actualmente en modo de supervivencia. Quizás nos posibilite sentir nuestro cuerpo, percibir y relacionarnos de otra forma, conforme aprendemos de nuestro propio sistema y del de aquellas personas con las que nos relacionamos.

Dudosamente se quede sólo en una cuestión teórica. Ya se está aplicando extensivamente en diferentes campos de la salud y seguramente seguirá dándose a conocer en otros ámbitos. Desde mi punto de vista la teoría polivagal merece ser explorada en la experiencia, de diversas formas en las que los recursos sensoriales y de movimiento de los que disponemos participen.


// Fuentes consultadas: ‘La teoría polivagal en terapia’ de Deb Dana y ‘Guía de bolsillo de la teoría polivagal’ de Stephen Porges, publicados por Editorial Eleftheria. //


La primera jornada inmersiva de Feldenkrais y Teoría Polivagal ya está completa pero nuevas ediciones tendrán lugar más adelante. Infórmate sobre próximos talleres y eventos a través la página facebook SENSOREA.