'Deep Fountain' de Cristina Iglesias, en Amberes
‘Deep Fountain’ de Cristina Iglesias, en Amberes



La experiencia del mundo es sensorial. Y quizás sea redundante decir esto, porque ¿puede existir experiencia sin sensación? La experiencia ocurre en o a través del cuerpo y nuestras primeras experiencias, previas a la percepción o la interpretación, fueron meramente sensoriales.

El movimiento por su parte es el sine qua non de la existencia. Subraya la posibilidad de una realidad dinámica, en continua transformación. En relación al surgimiento de cualquier forma de vida el movimiento es el origen, presente en un principio a escala diminuta, desde la concepción.

El movimiento inicial que posibilita la formación del embrión es el de expansión y contracción y este sigue siendo una constante en la vida adulta, como ocurre en las fases rítmicas del corazón y de la respiración. En este y otros tipos de movimiento tiene lugar la quietud, ya sea como opuesto, complemento o parte de lo mismo. Podemos percibir sensorialmente un amplio espectro de variables compuestas de quietud y movimiento, de luz y de sombra, de sonido y silencio. Son fundamentos tangentes sensorialmente sobre los que se erigen diferentes tipos de expresiones vitales y artísticas.

El movimiento genera sensaciones y la sensación genera a su vez movimiento… Durante nuestros primeros años de vida, a partir de estas experiencias sensoriales y de movimiento (sensorio-motoras), emergen los primeros pensamientos y emociones. Sensación, movimiento, pensamiento, emoción…todos participan de forma cohesiva en un proceso de aprendizaje a través del cual se desarrollan nuestras capacidades intelectuales, creativas, expresivas. 

Mientras que en este proceso participan cambios físicos, fisiológicos y químicos internos, lo externo o el entorno, comprendido como medio, contexto o ecosistema en el que crecemos (adulterado en mayor o menor medida por cualquiera que sea la cultura que lo permea) es indisociable de la experiencia.

Es curioso cómo con el tiempo van cambiando las formas en que pensamos y recordamos muchas experiencias. La memoria se va transformando conforme hacemos uso de nuestra capacidad de recordar. Pero hay recuerdos que el cuerpo conserva en recovecos de más difícil acceso. Y de repente cuando tenemos acceso a ellos los vivimos de manera que las sensaciones resultan más nítidas y directas, como si al no haber hecho uso explícito de ellos se hubieran conservado mejor y su potencia y nitidez fueran entonces mayores. 

En mi propia experiencia, cada ocasión en la que he tenido acceso a ese tipo de recuerdos, en el que memorias implícitas se han hecho explícitas, coincide con momentos y contextos en los que estaba prestando atención a las sensaciones, en relación a un movimiento más o menos sútil. 

En una de las ocasiones me movía en un estudio de danza en respuesta a la invitación de sentir el apoyo del suelo, que recibía con firmeza y estabilidad mi peso y estructura. De repente se generó algún tipo de conflicto en mi confianza o capacidad de sentirme segura y resurgió la experiencia sensorial de un recuerdo que hasta aquel día no había rescatado. El recuerdo tenía que ver con el hundimiento del suelo a la entrada de mi colegio cuando era una niña, a causa de una explosión que derribó los cimientos de un parking construido bajo el pavimento de la calle. Después de ser desalojados ví cómo se hundía el suelo del espacio que apenas habíamos recorrido unos momentos antes.

En otra ocasión recordé una experiencia que reconocí como lo que debió ser el momento en que nací. Claro que no fue un recuerdo ‘al uso’, sino que el cuerpo volvió a sentir un amalgama de sensaciones, revivió una experiencia. Mi cuerpo recordó una cierta dificultad, junto a un dolor específico y una presión concreta en el cráneo. El entorno físico inmediato consistía en una atmósfera aséptica y austera de la que sólo recordé una luz blanca fluorescente y un color verde alrededor que más tarde supuse era el de las paredes o el de la vestimenta del personal clínico. El uso de los fórceps era una práctica todavía común en la obstetricia de principios de los 80, y quien sabe si aún más frecuente en una pequeña clínica de una pequeña ciudad de provincia de un país del sur de Europa que apenas salía de una dictadura de 40 años. 

Da que pensar lo aleatorio de los momentos y lugares en los que nacemos, pero prefiero dejar ese tema para otra ocasión. 

Lo que me resulta más interesante en este momento es cómo la observación y atención que se presta a las sensaciones y al movimiento puede rescatar lo que ha sido durante mucho tiempo desatendido, ignorado, omitido, arrinconado en alguna parte del cuerpo…También que en cada ocasión estas memorias emergieron en contextos donde me sentía segura. 

La razón por la que habían sido olvidadas posiblemente cumpla una función protectora, como suele ocurrir con experiencias abrumadoras o dolorosas. La capacidad del cuerpo para rescatarlas tiene que ver con el hecho de que estaban escondidas. El cuerpo se protege para sentirse seguro. Es intrínseco a nuestro funcionamiento que una vez pasada la amenaza sigue protegiéndose si no comprende – sin necesidad de palabras- lo contrario, que esa protección ya no es necesaria. 

Esta forma de recordar ocasiona que en el momento de hacerlo afloren sensaciones y emociones asociadas a la experiencia, pero desde una cierta distancia, la de saberse en otro momento de la vida, en seguridad. Vienen, las sientes y se van. No es un revivir el pasado que implique la posibilidad temida de volverlo a vivir todo de la misma manera. Tampoco de quedarse atrapado en él. Al revés. El efecto es más bien como el de una carga que se ha aligerado, o como haber podido colocar algo desubicado donde le pertenece, o como la reparación de un elemento desmembrado cuyas partes vuelven a juntarse. 

Quizás exista un potencial en esta forma de experimentar ciertos recuerdos y partes de la memoria que tenga implicaciones tanto en lo personal como en lo colectivo. A menudo me he encontrado con ese argumento anti-revisionista del ‘no hay que mirar hacia atrás’. Es un esfuerzo que se vuelve insistente cuando, argumentando que mirar hacia atrás dificulta el progreso, se utiliza como una herramienta propagandística para criticar a los que sí quieren considerar que el dónde y cómo nos encontramos como colectivo, tiene una profunda relación con la cuestión de dónde venimos.

Me pregunto qué clase de progreso espera cualquier sociedad que no se ha parado a considerar ni a examinar su historia y que prefiere vivir en una especie de trance epidémico colectivo en el que se auto-convence de que aquí no ha ocurrido nada o, de que en cualquier caso, el pasado ya no tiene importancia. Incluso si ese pasado compartido ha supuesto sufrimiento para millones de personas. Cada vez veo más ese esfuerzo por evitar mirarlo de frente como un miedo a revivir ciertas cosas, miedo a sentirse desorientados, a ser vulnerables ante el dolor y las miserias que hay que afrontar cuando se mira hacia atrás. 

Puedo entender que el conflicto que implica un trauma así necesita su tiempo…Que si es demasiado reciente el tiempo en el que se produce la amenaza se siente aún demasiado latente como para osar recordarlo o hablar de ello. Un contexto que se perciba como seguro es un medio más proclive a facilitar su resolución que un contexto que condena, prohíbe o hace tabú su existencia. El tiempo solo cura las heridas si no nos interponemos en su camino.

Llega un momento en el que si preferimos seguir ignorando lo que durante por mucho tiempo hemos querido ocultar bajo la superficie deja de ser una cuestión de necesidad y se convierte en una cuestión de control. Mirar al pasado no implica dejar de mirar hacia delante. Que nadie nos confunda con el argumento contrario. Mirar hacia el pasado es una herramienta para comprender nuestra propia historia y para precisamente salir de los bucles del trance que implica su negación.

Recuperar la memoria no es algo con lo que uno se encapricha, es una necesidad, hacia la que el cuerpo inevitablemente tiende. Tanto para el cuerpo individual como para el colectivo supone un camino de reparación.  Quizás el único, porque aunque las personas desaparezcan y las generaciones se vayan sucediendo, el conflicto va a seguir presente hasta que no se mire y se escuche lo que escondemos bajo la superficie.