La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.

Eduardo Galeano

¿Qué es la autoimagen? El término ya lo describe, aludiendo a la imagen que se tiene de sí misma/o. Dicha ‘imagen’ engloba toda la amalgama de creencias, patrones de comportamiento, movimiento, pensamiento y sensación con las que la persona se ha identificado y se experimenta a sí misma en relación con el entorno.

Dentro de una perspectiva que comprende la conexión a nivel funcional entre cuerpo y mente estos elementos son indisociables. Ésta perspectiva ha experimentado un gran avance en las últimas décadas gracias al relevante trabajo de investigación que en los campos de la neurociencia, la psicología y diversos métodos, terapias y enfoques de carácter somático se ha ido desarrollando respecto a la fisiología del sistema nervioso en relación al trauma, reflejado en aportes como el de la Teoría Polivagal de Stephen Porges, entre otros.

Sin embargo, no hace falta estar al tanto de estos avances para darnos cuenta de que existe una estrecha relación entre diferentes elementos que conforman nuestra experiencia. Podemos observar por ejemplo en diferentes ocasiones cómo un pensamiento conlleva a una forma de sentirse o cómo una forma de sentirse afecta a una forma de moverse…Son sólo ejemplos. Completar o ampliar la autoimagen implica el aprendizaje y la integración de nuevas opciones frente a ciertos patrones que limitan nuestra forma de movernos, actuar, pensar y sentir.

El Método Feldenkrais comienza por el movimiento y la sensación. Se enfoca en éstos para crear cambios en los hábitos motores, lo cual no solo afecta a nuestra habilidad para movernos o ser más conscientes de cómo lo hacemos sino que implica la capacidad de cambiar en nuestra manera de pensar, sentir…

La postura puede ser entendida como una fotografía, una instantánea del movimiento. Si tenemos en cuenta que nuestros patrones de comportamiento se manifiestan en la postura (movimiento) y que una manera determinada de moverse va generalmente de la mano de una serie de hábitos de acción y pensamiento, entendemos por qué las posturas, esas formas que el cuerpo adopta, parecen a menudo tan difíciles de cambiar.

Un hábito no tiene por qué ser negativo. El problema es cuando se entra en un bucle y no se llegan a reconocer otras posibilidades de acción, cuando ciertas maneras de actuar o pensar se convierten en compulsivas y cuando el grado de identificación con éstas es tal que nos hacemos esclavas/os de ellas. El Método Feldenkrais provee las condiciones para que una misma/o descubra e integre otras opciones.

Más que ‘corregir la postura’ y más allá de la noción de buena o mala postura, se trata de encontrar y adoptar opciones en el movimiento que sean más acordes con la facilidad intrínseca en nuestro potencial de acción. El propio sistema nervioso va reconociendo el camino de menor esfuerzo, discerniendo la diferencia entre lo que una forma de moverse aporta frente a otra.

La atención nos va guiando en el proceso. Ademas de abarcar los diferentes elementos del movimiento y partes de una misma/o involucradas en éste, la atención permite identificar dónde se presentan los límites. Nos advierte sobre cuándo es necesario parar antes de llegar al límite, y cuándo hacerlo para darse un descanso. Cuando el límite se aborda pero se respeta, sin forzar, éste acaba por alejarse o desaparecer.

En un contexto donde exista atención al proceso, curiosidad y exploración, es más fácil que se produzca un descubrimiento, un aprendizaje, un cambio… Es entonces cuando la autoimagen se amplia. El horizonte también. Hemos dado uno o dos pasos más, nos hemos acercado un poco más a la utopía y como dice Galeano quizás la utopía también se aleje un poco más…Pero qué importa, si para eso sirve; para aprender, para caminar.

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